Muestra de Guadalix de la Sierra, cantada por Pilar Baeza Sanz, de 85 años de edad. Recogida el día 23 de diciembre de 2024 por José Manuel Fraile Gil y Nieves Pascual Pascual.
Publicada en: Fraile Gil, José Manuel (2024), La tradición madrileña y San Antonio de Padua, Editorial Lamiñarra, pág. 133. Audio 7.
Vuestra palabra divina forzó a los peces del mar que salieran a escuchar vuestro sermón y doctrina, y pues fue tan peregrina que extirpó dos mil errores, humilde y glorioso Antonio, ruega por los pecadores.
Vos sois de la tempestad el amparo milagroso, del incendio riguroso agua de la caridad, puerto de seguridad del mar y de sus rigores. Humilde y glorioso Antonio, ruega por los pecadores.
Sanáis mudos y tullidos, paralíticos, leprosos, a endemoniados furiosos restituís los sentidos, volvéis los bienes perdidos y curáis tos los dolores. Humilde y glorioso Antonio, ruega por los pecadores.
De tres días ahogados resucitasteis diez niños, y dos, cual bellos armiños, de sucesos desastrados, porque sus padres amados lloraban por sus amores. Humilde y glorioso Antonio, ruega por los pecadores.
De una que ya no creía que la perdonase Dios tomasteis vos sobre vos la pena que merecía, y al tomarla el mismo día la hizo Dios dos mil favores. Humilde y glorioso Antonio ruega por los pecadores.
Muestra de Rascafría, cantada por Antonia Sanz García, de 70 años; Felisa Canencia Martín, de 69 años; Ana Conejo Mateo, de 59 años; Virginia Sanz Sanz, de 45 años; y Soraya Sanz Sanz, de 42 años de edad. Recogida el día 11 de septiembre de 2011 por José Manuel Fraile Gil y Álvaro Fernández Buendía.
Publicada en: Fraile Gil, José Manuel (2024), La tradición madrileña y San Antonio de Padua, Editorial Lamiñarra, pág. 135. Audio 8.
Pues vuestros santos favores dan de quien sois testimonio, humilde y glorioso Antonio, rogad por los pecadores.
Vuestra palabra divina forzó a los peces del mar que saliesen a escuchar vuestro sermón y doctrina, y pues fue tan peregrina que extirpó (y) diez mil errores, humilde y glorioso Antonio, rogad por los pecadores.
Vos sois de la tempestad el amparo milagroso, del incendio riguroso agua de la caridad, puerto de seguridad del mar y de sus rigones. Humilde y glorioso Antonio, rogad por los pecadores. ………………………………….
Versión de Estremera, cantada por Isidra Camacho Horcajo, de 73 años de edad. Recogida el día 8 de julio de 2000 por José Manuel Fraile Gil, Juan Manuel Calle Ontoso y Dolores Caloca Puente.
Publicada en: Fraile Gil, José Manuel (2024), La tradición madrileña y San Antonio de Padua, Editorial Lamiñarra, pág. 126. Audio 6
A Vos, Cordero divino que estás clavado en la cruz, te pido perdón y auxilio por vuestro nombre, Jesús. Y yo, que de Antonio suplicar quisiera sus santos milagros que en la tierra hiciera. De toda clase de pestes es abogado este santo, también de cosas perdidas, caídas y sobresaltos, y de enfermedades el mejor doctor, llamándole siempre nuestro defensor. Cuando él por el mundo andaba, y con su lengua divina, a todo el que se encontraba le explicaba su dotrina. Llegó a una posada a lo escurecido, dio las buenas noches, no le han respondido. Ya que posada pidió, y el amo le contestaba, le preguntó que quién era. —Yo soy Antonio de Padua.— Y aquellos herejes que en el fuego estaban del santo se burlan y le preguntaban: —Si eres Antonio de Padua, que resucita a los muertos, hacer de reverdecer en la lumbre los sarmientos.— A cortos momentos la lumbre no ardía, y eran los sarmientos que reverdecían. Este es el primer milagro que tú por el mundo hiciste, hiciste brotar las uvas y el vino a cenar les distes. Uno de aquellos herejes que del santo se burló se fue en casa de un amigo y el suceso le contó. Contesta el amigo con pecho tirano: —Dile que esta noche quiero convidarlo.— Un insecto venenoso, que sapo suelen llamar, a San Antonio glorioso le convidan a cenar. Se sentó en la mesa y con fe divina allí le explicaba su sabia dotrina. Pero viendo que aquel hombre falsamente le convida, la bendición le echó al plato y el sapo se volvió anguila. El santo cenaba, y ellos, que le vieron, al suelo cayeron y se convirtieron y perdón le pidieron.
Versión de Navalespino (ay. Santa María de la Alameda), cantada por Matilde García, de 65 años de edad. Recogida el día 11 de agosto de 1990 por Marcos León Fernández y Javier Fernández Buendía.
Publicada en: Fraile Gil, José Manuel (2024), La tradición madrileña y San Antonio de Padua, Editorial Lamiñarra, pág. 120. Audio 5.
San Antonio de los pajaritos es un niño con mucho temor de Dios, de sus padres admirado y el mundo la admiración. Su padre era un caballero (y) honrado, cruel [sic] y prudente, que mantenía su casa con el sudor de su frente. —Ven acá, Antoñito, ven acá, hijo amado, que tengo que darte para ti un encargo. Mientras que yo estoy en misa gran cuidado has de tener, mira que los pajaritos todo lo echan a perder. Entran en los huertos, comen el sembrado, por eso te encargo que tengas cuidado.— Por aquellas cercanías ningún pájaro quedó porque todos acudieron donde Antonio les mandó, y a todos les ha encerrado dentro de una habitación. Los pajaritos por dentro y Antoñito por fuera, alegres cantaban juntos, alegre a la primavera. Ya vio venir a su padre con grande acompañamiento. —¿Qué tal Antoñito, qué tal, hijo amado? ¿qué tal has cuidado de los pajaritos? —Padre, para que no me den mal, a todos les he encerrado dentro de esta habitación.— Y el padre, al ver milagro tan grande, al señor obispo trató de avisarle. Ya viene el señor obispo con grande acompañamiento, también la Guardia Civil y el alcalde de aquel puesto. —Abran puertas y ventanas, todo lo abran a la par por ver si las aves se quieren marchar.— Todas juntitas se ponen a escuchar a San Antonio a ver lo que les dispone. —Señores, nadie se agrave. Los pájaros no se marchan en lo que yo no les mande. ¡Vaya, pajaritos, ya podéis salir! Salga el cuco y el milano, las avutardas, las golondrinas, las jilgueritas, las bilbaínas.— Y al alanzar el vuelo un pi, pi, pi, pi decían espidiéndose de Antonio y toda su compañía.
Versión de Lozoya del Valle, cantada por Juan Iglesias Francisco, de 91 años de edad. Recogida el día 1 de mayo de 1994 por José Manuel Fraile Gil, Marcos León Fernández y Álvaro Fernández Buendía.
Publicada en: Fraile Gil, José Manuel (2024), La tradición madrileña y San Antonio de Padua, Editorial Lamiñarra, pág. 120. Audio 4.
Divino Antonio precioso, suplícole al Dios inmenso que por tu gracia divina (y) alumbre mi entendimiento para que mi lengua refiera el milagro que en el buerto obraste de edad de ocho años. En el mundo fue nacido con mucho rigor de Dios, de sus padres estimado y del mundo admirador, fue caritativo y perseguidor de todo enemigo con mucho rigor. Su padre era un caballero cristiano, honrado y prudente, que mantenía su casa con el sudor de su frente y tenía un buerto en donde cogía cosechas del fruto que el tiempo traía. Por la mañana un domingo, como siempre acostumbraba, se marchó su padre a misa, cosa que nunca olvidaba; le dijo: —Antoñito, ven aquí, hijo amado, pues mira que tengo que darte un recado.— Cuando se marchó su padre ya la iglesia se ausentó, Antonio quedó al cuidado y a los pájaros llamó. —Venid, pajaritos, dejad el sembrado, que mi padre ha dicho que tenga cuidado.— Por aquellas cercanías ningún pájaro quedó porque todos acudieron como Antonio les mandó. Ellos muy humildes en un cuarto entraban, viendo a San Antonio alegres cantaban. Cuando vio venir su padre todos les mandó callar, y en cuanto llegó a la puerta le comenzó a preguntar: —Ven acá, hijo amado; pues dime, Antoñito, ¿has tenío cuidado de los pajaritos? —Para que mejor pudiera cumplir con mi obligación, les tengo encerraos a todos dentro de esta habitación.— Su padre, que vio milagro tan grande, al señor obispo trató de avisarle. Ya viene el señor obispo con grande acompañamiento, quedando todos confusos al ver tan grande apotento [sic]. Se abrían ventanas, puertas a la par, por ver si las aves se querían volar, y San Antonio les dice: —Señores, nadie se agravie, los pájaros no se marchan en lo que yo no les mande.— Se puso a la puerta y les dice así: —Ea, pajaritos, ya podéis salir. Salgan cigüeñas con orden, águilas, grullas y garzas, gavilanes, avutardas, lechuzas, mochuelos, grajas; salgan las urracas, tórtolas, perdices, palomas, gorriones y las codornices; salga el cuco y el vilano, burlapastor y andarríos, canarios y ruiseñores, tordos, garrapos y mirlos; salgan verderonas y las calderinas y las congojadas y las golondrinas.— Después que hubieron salido, todas juntitas se ponen escuchando a San Antonio por ver lo que les disponen, y Antonio les dice: —No entrar en sembrados, iros por los montes, riscos y los prados.— Al tiempo de alzar el vuelo cantan con dulce alegría despidiéndose de Antonio y de toda su compañía, y el señor obispo, que vio tal milagro, por diversas partes mandó publicarlo. Árbol de grandiosidades y fuente de caridad, depósito de bondades, amor de inmensa ansiedad, Antonio precioso, por tu intercesión, todos merezcamos tu inmensa mansión. Amén.
Versión de Montejo de la Sierra (antes Montejo del Rincón), cantada por Liboria González García, de 91 años de edad. Recogida el día 15 de febrero de 1992 por José Manuel Fraile Gil y Álvaro Fernández Buendía.
Publicada en: Fraile Gil, José Manuel (2024), La tradición madrileña y San Antonio de Padua, Editorial Lamiñarra, pág. 118. Audio 3.
Divino Antonio precioso, suplícale al Dios inmenso que por su gracia divina alumbre mi entendimiento para que mi lengua refiera el milagro, que en el huerto oraste de edad de ocho años. Desde niño fue nacido con mucho temor de Dios, de sus padres estimado y del mundo admiración. Fue caritativo y perseguidor de todo enemigo con mucho rigor. Su padre era un caballero cristiano, honrado y prudente, que mantenía su casa con el sudor de su frente y tenía un huerto en donde cogía cosecha del fruto que el tiempo traía. Por la mañana un domingo, como siempre acostumbraba, se marchó su padre a misa, cosa que nunca olvidaba, y le dijo: —Antonio, ven acá, hijo amado, escucha, que tengo que darte un recado: mientras que yo estoy en misa gran cuidado has de tener, mira que los pajaritos todo lo echan a perder. Entran en el huerto, comen el sembrado, por eso te encargo que tengas cuidado.— Cuando se ausentó su padre y a la iglesia se marchó, Antonio quedó cuidando y a los pájaros llamó. —Venid, pajaritos, dejad el sembrado, que mi padre ha dicho que tenga cuidado. Para que yo mejor pueda cumplir con mi obligación, voy a encerraros a todos dentro de esta habitación.— Y a los pajaritos entrar les mandaba y ellos muy humildes en el cuarto entraban. Por aquellas cercanías ningún pájaro quedó porque todos acudieron cuando Antonio les llamó. Lleno de alegría San Antonio estaba y los pajaritos alegres cantaban. Al ver venir a su padre luego les mandó callar, llegó su padre a la puerta y comenzó a preguntar: —¿Qué tal, hijo amado? Y dime, Antoñito, ¿has cuidado bien de los pajaritos?— Y el hijo le contestó: —Padre, no tengas cuidado, que para que no hagan mal todos los tengo encerrados.— Y el padre, que vio milagro tan grande, al señor obispo trató de avisarle. Ya acudió el señor obispo con grande acompañamiento, quedaron todos confusos al ver tan grande protento [sic]. Abrieron ventanas, puertas a la par, por ver si las aves se quieren marchar, que Antonio les dice a todos: —Señores, nadie se agravie, los pájaros no se van mientras que yo no les mande.— Se puso a la puerta y les dijo así: —Vaya, pajaritos, ya podéis salir. Salgan cigüeñas con orden, águilas, grullas y zarzas [sic], gavilanes y avutardas, lechuzas, mochuelos, grajas; salgan las urracas, tórtolas, perdices, palomas, gorriones y las codornices; salga el cuco y el milano, burlapastor y andarrío, canarios y ruiseñores, tordos, gazarros y mirlos; salgan las urracas, tórtolas, perdices, palomas, gorriones y las codornices.— Y al instante que salieron, todas juntitas se ponen esperando a San Antonio para ver lo que dispone, y Antonio les dice: —No entréis en sembrado marchad por los montes, riscos y los prados.— Al tiempo de alzar el vuelo cantan con dulce armonía despidiéndosen de Antonio y toda su compañía, y el señor obispo, al ver tal milagro, por diversas partes mandó publicarlo. Árbol de grandiosidades, fuente de la caridad, depósito de bondades, padre de inmensa piedad. Antonio divino, por tu intercesión todos merezcamos la eterna mansión.
Versión de Alcalá de Henares, cantada por Gregoria Loeches Rubio, de 90 años de edad. Recogida el día 9 de enero de 1988 por Andrés Huguet Carral.
Publicada en: Fraile Gil, José Manuel (2024), La tradición madrileña y San Antonio de Padua, Editorial Lamiñarra, pág. 111. Audio 2.
En Galicia una mujer viudada con una hija, y eran de buen parecer, quince años tenía Rita, y estaba la pobre en su dormitorio, metida en su lecho como correspondo. Tenían un San Antonio en una urna metido, y ella le decía al santo: —Concédeme lo que pido: sacar a mi madre de sus pensamientos.— Quiere comenzar con su mismo cuerpo. Un día, estando en la mesa, le dice su madre a Rita: —Estamos pasando hambre siendo tú tan rebonita. Hay un caballero que nos quiere dar bastante dinero por tu hermosura.— Ella contestó valiente: —Yo tengo en mi faldiquera unas tijeras cortantes que me sirven de defensa.— Y al caballero se las hincó, y cuando el caballero al suelo muerto caía estas palabras decía: —Me distes la muerte que yo merecía.— [Maldita sea esa madre, esa madre traidora; por interés del dinero de su hija vendió la honra.]
Versión de Madrid capital, barrio de Las Ventas del Espíritu Santo, cantada por José Coronado Olaya, de 55 años de edad. Recogida el día 29 de octubre de 1996 por José Manuel Fraile Gil y José Manuel Pedrosa Bartolomé.
Publicada en: Fraile Gil, José Manuel (2024), La tradición madrileña y San Antonio de Padua, Editorial Lamiñarra, pág. 97. Audio 1.
La rueda de la fortuna nunca puede estar parada porque a algunos nos persigue la rueda de la desgracia. En este lugar había un señor don Juan de Lara, caballero ya mu rico, divertido entre las damas. Le mandó razón su padre que estaba enfermo en la cama, que se pusiera en camino, qu’a la noche le aguardaba. Marchó a la ciudad del moro, cuatro pajes l’acompañan, allí se estuvo ocho meses hasta que a su padre l’hizo falta. Al cabo los ocho meses regresó para su casa, se encontró a su esposa encintas y de parto muy cercana. Su esposa, cuando lo vio, al cuello se l’abrazaba y don Juan, enfurecido, la pegó una bofetada. —Quítate, perra judía, quítate, perra malvada, que m’has quitado l’honor estando tú embarazada.— Sin reparar lo qu’hacía la pegó una puñalada y como si diera en bronce s’hizo pedazos la daga. Apareció San Antonio vestido de religioso de la orden franciscana. —No le extrañe a usted, señor, que esta visita le haga. He tenido la razón que está la condesa mala y vengo a favorecerle, que su falta remediarla.— El caballero s’arrodilló y besó sus puras plantas y hizo una procesión que por el pueblo fue nombrada. De dinero le costó tres mil ducados de plata. A ver si con tanta memoria podemos alcanzar todos como el conde don Juan Lara el perdón y la santa gloria.